Hay una cosa que no entiendo. En realidad, hay muchas cosas que no comprendo pero aquí sólo voy a tratar una. Suficiente. Es bastante simple, pero me desconcierta hasta niveles estratosféricos. No me tildéis de loca (al menos no por esto).
Esta mañana Madrid amanecía con 30ºC, 9:00 a.m. No os quiero contar qué noche. Por un momento llegué a pensar que estaba Perséfone llevándome al infierno. Pero no, era Madrid en agosto. Parecido, pero en vida. No sé qué es peor. El caso, que me disperso, es que amanecía la ciudad con el horno ya precalentado. Ducha, café, café, café. Lista para ir al trabajo. Y es entonces cuando ha ocurrido. Las dudas acechan cuando menos las esperas. De repente, ojos y mente se sincronizan, algo hace ‘click’ en tu cabeza. Se activa el engranaje. Interrogación. Perplejidad. Titubeo. Duda.
Expongo: bajaba yo por Gran Vía. Los turistas ya iban con sus cámaras colgando (son muy madrugadores ellos), asfalto recién puesto por Satanás y sol encendido. Bien, todo perfecto. Gafas de sol y mucho ánimo. Comienzo a descender la avenida. Y ahí, como una luz que se ilumina, como una respuesta traída del subconsciente en un examen, como cuando vas a una habitación y se te olvida a por qué ibas pero tu cerebro te recuerda que tus neuronas siguen sirviendo para algo, y te acuerdas entonces de cuál era ese objeto misterioso (y normalmente inútil) a por el que ibas… Veo un escaparate. Y no, no es lo que están pensando. Soy mujer pero odio profundamente ir de compras. No ha sido la ropa perfectamente colocada sobre esos cuerpos de plástico que siempre me han dado muy mala onda, ni tampoco que me hayan encandilado aquellas telas, nada de eso. Es lo que había en ese escaparate.
¿Que qué era? G O R R O S D E L A N A. Y lo escribo en mayúsculas, en negrita, subrayado y no le aplico más modos de destacarlo porque este ordenador no me lo permite. Señores, gorros de lana. No tengo nada en contra de ellos, que quede claro. Pero lo que sí detesto es la gente que carece de empatía. ¿En qué piensan las marcas cuando amueblan sus escaparates en pleno agosto con las prendas de invierno? ¿Será un complot contra la especie humana? ¿Será algún tipo de convenio creado con las farmacias y los medicamentos que curan la sarna? Repito: no me tildéis de loca (al menos por esto), porque seguro que a vosotros también os ha pasado. Seguro que también lo habéis pensado.
Sí que es verdad que el otro día llegó a la redacción el mail de una marca de prendas de pana. Eran bonitas, la verdad; pero me extrañó. Aun así lo dejé estar y me puse a hacer otra cosa. Pero esta mañana, cuando aquellos maniquíes iban tan abrigados, no he podido evitarlo. He estado toda la mañana intentando encontrar una explicación. Entre las distintas hipótesis he barajado las ya expuestas y alguna otra, como esta: es ropa que se vende a 80ºC a la sombra para sobrevivir a los -80Cº del ártico de los locales que tienen aire acondicionado y por el que he cogido un catarro bastante entretenido. Mundo cruel.
¿Alguien podría, por favor, darme una respuesta? Os dejo pensarlo mientras pongo una canción. Si tenéis la solución a esto, no dudéis en decírmelo. Estaré expectante, ansiosa, deseosa, ávida por saberlo. Y no, no me tildéis de loca (al menos no por esto) porque valientes, “vaya veranito que estamos pasando…” ¿O no?

[ FOTOGRAFÍA: GUILLAUME MARTÍNEZ ]